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La Madre, el cóndor y la sinfonía

Escalando la pared sur del Volcán Domuyo. Una historia de vértigo, inspiración y amor

3 de Noviembre 2026 · Leandro Scheurle - AEX Team

La fantasía siempre vuelve a germinar. 

Recuerdo algunas imágenes progresivas de entusiasmo y desconsuelo (¿dos antónimos?) inmortalizadas en algún lugar del tiempo y en una electrizante ladera inmaculada de la pared sur del Domuyo. Los episodios se suceden entre un mar de lajas sueltas en faldeo ascendente de 30°; un muro de roca volcánica descompuesta de 80 metros y de 3+ (¿existe o es la clásica graduación que fijamos cuando creemos que no podemos escalar más de eso con guantes, botas dobles y en solo?); un estrecho canal que recibe periódicamente interesantes porciones de piedras veloces, transformadas en ráfagas de fuego provenientes de las fauces del dragón; una rica ensalada mixta de penitentes oblicuos, estalactitas, hielo granulado y pared rocosa; una voz muy cercana que golpea los confines de la cordura; un animal libre y salvaje en el aire que se asemeja al Dios elegido; y finalmente una obra maestra que nunca podrá escapar de la celda de las sensaciones auditivas que más me emocionan. 

Son las 7.15 am del 29 de Enero de 2010: el borde fino de la proa de mi bota izquierda parece no querer aferrarse mucho a la regleta ínfima de la pared tiesa. No es buen momento para caer. El abismo me inunda. Y las preguntas también (¿y el miedo? ¿Me moviliza o me paraliza?). Que difícil será siempre poder explicar el desencadenante emocional de una pasión que desborda. La dosis que libera el alma. Creatividad a flor de piel. El arte puesto en práctica en el medio menos pensado… Entonces veo y escucho a la madre (¿a la mía?), a la que ama, a la que sufre, a la que lo dio todo y lo seguiría dando indefinidamente por el hijo, a la que odia y rechaza la inútil actividad que puede poner en riesgo la integridad física de quien trajo al mundo con tanto esfuerzo, a la que nunca logra comprender la energía intransferible que a uno lo gobierna y lo traslada hacia ese “más allá terrenal” tan mencionado (¿algún día la comprenderá?). Pero claro, la veo y la escucho. Y la abrazo. Y la comprendo (¿yo a ella?). Te quiero madre. Y salgo del momento tenso con tres pasos rápidos en diagonal hacia la derecha. Y me siento en la repisa final, ya en el canal, boqueando un rato para buscar aire inexistente.

Impactado, forzado por la soledad que todo lo cubre, el espíritu indomable me tira hacia arriba (¿o hacia abajo?), donde se halla casi la única salida. El canal desprende una y otra vez partes de su piel. Me pasan zumbando. Piedras de todos los tamaños. Hay que mirar hacia arriba y concentrarse más que nunca. El ahora se valoriza como pocas veces. Tener un dilema insoslayable para sobrevivir al momento eriza e inyecta mi piel salvaje (¿de qué?). Aunque no se crea, se logran colar en mi mente todos aquellos que nunca se regalaron la oportunidad de vivir un instante de este tipo y apreciar doblemente el valor de la vida (cierto que pertenezco a la minoría del famoso grupo “ustedes si que están locos y enfermos”; ojalá algún día seamos más….no?). 

Llego al fin del coiloir. Un paso delicado de mixto entre hielo y roca despedazada y ya está lo más difícil, me digo. Ingreso al campo minado de mini penitentes en importante pendiente. Miro hacia arriba para buscar el sol y lo veo, y me emociono. El Condor pasa. Y también su pareja. Y mi mente se va con ellos. Giran sus cuellos y me clavan la vista como si perteneciera al mundo de lo extinto (¿al de la carroña? ¿acaso porque no lograran comprender que un ser vivo pueda permanecer imantado a las penumbras lúgubres de una pared salvaje, solitaria e inverosímil?). Los veo irse y vuelvo a emocionarme. 

Casi sin darme cuenta, llego al último escalón impensado, un resalte de hielo de unos 4 metros de 70° de inclinación; se que es el último obstáculo importante. Miro las piquetas y veo que falta una de las puntas (¿cuándo se salió???). Ya no me importa nada, tendré que subir con técnica mixta de Tracción y Mango-Bastón. La mente en ese instante realmente no piensa en nada (¿vos creés?), la concentración es absoluta. Miro cómo clavan las puntas de los grampones y enseguida miro como clavan los piolets. Asi ininterrumpidamente hasta perder el estado de conciencia. Nunca sabré porqué (¿existe explicación alguna para estas cosas?) pero súbitamente comenzó a sonar en mis oídos uno de los fragmentos celestiales de las obras maestras más brillantes que alguna vez se hayan escrito (¿mi preferida?), la Coda final del último movimiento, Sueño de una noche de Aquelarre, de la Sinfonía Fantástica de Louis Hector Berlioz. Suenan las octavas desfasadas, suena el col legno sublime de las maderas de los arcos contra las cuerdas, suena el tema del Dies Irae superpuesto con el del Aquelarre, suena la seguidilla de saltos de los vientos, suena la aparición aterradora de los caños, suena el súbito diminuendo y suena el Tutti final extremo con la ametralladora pulcra y los metales que quedan suspendidos en el vacío hacia más allá.

Me encuentro repentinamente en el final de dificultades, sentado, boqueando, lagrimeando.  El alma se estremece. La fantasía siempre vuelve (¿a germinar?).

Contemplo hacia abajo la ladera que me vió pasar, contemplo hacia adelante el clásico camino a la cumbre. Hacia ella voy, conmovido, con el ángel a cuestas. 

            

Lea Scheurle "El Alemán"

Escalada de la pared sur del Domuyo (Techo de la Patagonia, Neuquén, Argentina, 4709 msnm) en solitario y apertura de la vía Gloria Vultur (AD Sup (1600 mts, 60º/65º, M2), Enero de 2010.

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